Deporte y movimiento

Me dijeron que no podía jugar al rugby. Jugué profesionalmente 4 años.

La aceptación no es rendirse. Es liberarse.

Cuando me diagnosticaron, lo primero que hice fue agarrar la enfermedad como una lista de reglas. No tomar. Dormir más de ocho horas. Levantarme despacio. Cuidarme. Cuidarme. Cuidarme. Y en algún momento me di cuenta de que había dejado de vivir para empezar a vivir para ser epiléptico. Y eso me partió el alma.

Tenía 14 años y lo que más amaba en el mundo era el rugby. No era un hobby. Era yo. Era donde me encontraba, donde me sentía completo, donde tenía amigos, donde tenía un lugar en el mundo. Y un médico me miró a los ojos y me dijo que tenía que dejarlo. Que con este tipo de epilepsia no podía seguir recibiendo golpes en la cabeza. Que era muy peligroso.

Me acuerdo de ese momento como si fuera hoy. Se me vino el mundo abajo.

Pero mi viejo estaba ahí. Y mi viejo, que sufría como todo padre que ve a su hijo con una condición que no entiende del todo, le dijo al médico algo que nunca voy a olvidar: «Le está sacando lo que más ama mi hijo.» Y no le hizo caso. Buscamos otra opinión. Y esa otra opinión nos dijo que podía seguir jugando, pero con casco.

Empecé a jugar con casco. Los pibes me miraban. Algunos preguntaban. Yo explicaba lo mínimo y seguía jugando. Porque el rugby no era negociable para mí.

Y con el tiempo, ese deporte que un médico me quiso sacar se convirtió en mi terapia. En el único lugar donde me olvidaba de todo. Donde no era el epiléptico. Era simplemente Fernando, el que juega con intensidad, el que corre, el que transpira, el que se levanta cuando lo tiran al piso. En la cancha no había epilepsia. Había vida.

· · ·

Pero fuera de la cancha, había mucha soledad. Durante años me guardé todo adentro. No le contaba a nadie que era epiléptico porque sabía lo que pasaba cuando la gente te veía convulsionar. Se asustaban. Algunos se alejaban. Y eso te genera una inseguridad que es muy difícil de explicar si no la viviste. Empezás a sentir que sos diferente. Que sos menos. Que tenés que esconderte.

¿Por qué a mí? Me lo pregunté miles de veces. Mis amigos salían, tomaban, dormían cuatro horas y se levantaban frescos. Yo tenía que calcular todo. Tenía que pensar antes de cada decisión si me iba a pasar factura al otro día. Eso cansa. Eso agota. Y en un momento también te enoja mucho.

La aceptación no es rendirse. Es liberarse.

Cuando dejé de pelear contra lo que soy y empecé a entender que soy una persona que tiene esta condición, no una condición que tiene una persona, todo se acomodó. No de un día para el otro. Fue un proceso largo, con idas y vueltas. Pero fue.

Y mientras ese proceso pasaba, el rugby me llevó a lugares que ese médico nunca hubiera imaginado. Representé a Córdoba, integré preseleccionados nacionales y durante cuatro años viví de lo que más amaba, jugando profesionalmente. Viajé. Me fui solo al mundo. Choqué con paredes. Me levanté. Seguí.

· · ·

Hoy tengo 34 años y mi mayor recomendación es que no hagas las cosas solo. No te guardes todo adentro esperando que tu cabeza sola encuentre todas las respuestas. Hablar siempre es sanador. Un psicólogo no es una señal de debilidad. Es la herramienta más poderosa que podés tener.

Y algo que te puedo decir con total certeza, después de 20 años viviendo con epilepsia mioclónica juvenil, es esto: Podés hacer todo lo que quieras en tu vida. Todo. Pero siempre sabiendo quién sos.

«¿Hubo algo que te dijeron que no podías hacer y lo hiciste igual? Contanos. Tu historia puede ser exactamente lo que alguien necesita leer hoy.»

Tu historia también importa. Cada experiencia que se comparte acá le abre una puerta a alguien que todavía no encontró las palabras.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *