La primera vez que me apagué
Tenía 14 años y no sabía que era epiléptico.
Los 14 son esa edad rara en la que dejás de ser un nene pero todavía no sos un adulto. Empezás a descubrirte. Querés hacer cosas de grande. Salir de noche. Quedarte despierto hasta tarde. Tomar tu primera cerveza. Quedarte a dormir en lo de un amigo y alquilar cuatro películas para verlas todas en una noche, aunque el sueño te gane antes de la tercera. Pequeñas rebeldías que son simplemente eso: crecer.
Nadie sospechaba nada. Ni yo, ni mis viejos, ni mis amigos. Lo que sí sabía era que algo raro me estaba pasando. Cada vez que dormía poco, o que tomaba algo de alcohol, me levantaba con unos sacudones que no entendía. Pensé que eran espasmos normales. De esos que te dan cuando estás entre dormido y despierto. Me lo hice creer durante un año y medio.
Hasta que una mañana, en lo de un amigo, intenté tomar un vaso de agua y se me cayó. Boom. Un sacudón tan fuerte que el vaso salió volando. La noche anterior habíamos tomado alcohol y mi amigo, con la mejor intención del mundo, nos había dado dos cafiaspirinas para levantarnos mejor al otro día. Cafeína encima de alcohol encima de poco sueño encima de una condición que yo todavía no sabía que tenía. Me volvió a dar otro sacudón. Segundo vaso roto. La madre de mi amigo me trajo un vaso de plástico. Lo tomamos con gracia en ese momento. Pero yo por adentro estaba diciendo: ¿qué carajo me está pasando?
Mis viejos lo minimizaron cuando se los conté. Eran otras épocas, otras estructuras. «Deja de llorar y dale para adelante.» Lo normalicé. Si ellos no se preocupaban, yo tampoco.
Unos meses después, otra noche de salida, otro poco de alcohol, otras pocas horas de sueño. A la mañana siguiente, el papá de mi amigo me dijo que tenía que pasar por mi barrio a dejar algo y me ofreció llevarme a casa. Le dije que sí sin dudarlo ni un segundo. La alternativa era irme solo en colectivo, así que la decisión fue fácil. Cerraba por todos lados.
Íbamos hablando en el auto, todo tranquilo, cuando empecé a sentir esa sensación que ya conocía. Esa inseguridad previa. El cuerpo diciéndote que algo no está bien. Me puse nervioso. Y claro, no hay nada peor para este tipo de epilepsia que ponerse nervioso encima de haber dormido poco encima de haber tomado alcohol la noche anterior. Era la tormenta perfecta.
Cuando volví a abrir los ojos había una señora de unos cincuenta años acariciándome la cabeza y diciéndome «ya pasó, ya pasó, vas a estar bien.» Yo no entendía nada. Miré para todos lados. Vi el auto y pensé que habíamos chocado. Pero el auto estaba perfecto. Ya había llegado una ambulancia. El papá de mi amigo se había bajado del auto, se había sacado la remera y había pedido ayuda a los gritos en plena calle porque no sabía qué me estaba pasando y se había imaginado lo peor. Un tumor. Lo que fuera. Lo peor.
Me fui en ambulancia sin entender absolutamente nada.
En el hospital, una médica nos recetó un medicamento sin saber realmente lo que me pasaba. Por suerte mis viejos no confiaron ciegamente en ese diagnóstico y buscaron más opiniones. Hasta que dimos con un neurólogo especializado que finalmente puso nombre a todo lo que había vivido ese año y medio:
Ahora tengo 34. Ya no sé si técnicamente sigo siendo «juvenil». Pero sí sé que ese día en el auto, en esa calle de Córdoba, empezó el camino que me trajo hasta acá. Hasta Pulso Vital. Hasta querer que nadie más tenga que descubrir esto solo, sin entender nada, con un vaso de plástico y más preguntas que respuestas.
«¿Cómo fue tu primera vez? ¿Había alguien con vos o estabas solo? Contanos.»
Tu historia también importa. Cada experiencia que se comparte acá le abre una puerta a alguien que todavía no encontró las palabras.